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Portada
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Fragmento 3D
Arrastra para girar

GALX

Guardianes que nadie mira dos veces.

III. Galería 3D
Los guardianes, en volumen.

Escaneos 3D de las piezas que fui encontrando por el barrio. Elige una y arrástrala para girarla — igual que en la portada.

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Fauno
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El que volvió
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El rostro que no teme
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Gárgola
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La cara que no es la suya
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Minerva
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Pegaso
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Quimera
IV. Vestigios en video
Los mismos guardianes, esta vez en movimiento.

El registro que he ido subiendo a Instagram, guardián por guardián.

Vestigio I
Vestigio II
Vestigio III
Vestigio IV
V. Otros registros
Templo San Ignacio
I. Diario
Guardianes de piedra

Camino por calle Dieciocho al caer la tarde y, sin querer, levanto la vista. Entre balcones antiguos y bordes ennegrecidos por el humo de tantos años, algo me sostiene la mirada: rostros de piedra a medio camino entre lo humano y lo que prefiero no nombrar, cuernos y alas que llevan más de un siglo sin moverse de sitio, bocas abiertas que nunca han vuelto a cerrarse del todo.

Durante mucho tiempo yo también les decía gárgolas. Es la palabra que tenemos más a mano, la que aprendimos de tantas catedrales lejanas y películas de sobremesa. Pero investigando un poco entendí que la gárgola de verdad tiene un trabajo específico: sacar el agua de lluvia lejos del muro, como un caño con forma de monstruo. Estas figuras nunca hicieron ese trabajo. La mayoría son solo rostros tallados, sin cuerpo, puestos sobre una puerta o bajo un balcón —se les llama mascarones—. Y en algunas esquinas del barrio hay algo más: figuras completas, con torso y brazos, que parecen sostener el peso de la fachada sobre sus hombros. A esas se les llama atlantes, por Atlas, el que cargaba el mundo. El nombre exacto se me había olvidado; lo que no se me olvida es la sensación de que están ahí por una razón.

Son herencia de una época —entre 1850 y 1920— cuando las familias más ricas de Santiago, con plata de la minería y el salitre, quisieron construirse un pedazo de Europa en pleno centro de la capital. Junto con los planos importados llegó también una costumbre antigua: la idea de que estos rostros tallados en piedra cuidaban las puertas, manteniendo alejado todo lo que uno no alcanza a ver.

Y ahí empecé a hacerme una pregunta que todavía no termino de responder: ¿a quién estaban realmente destinados a asustar?

Hoy esa aristocracia ya no está. La crisis del 29 vació estas casas una a una, y los palacios pasaron a manos de universidades, oficinas, o quedaron en silencio. Pero estos rostros se quedaron ahí, esperando —según me cuentan los vecinos más antiguos— a que alguien vuelva a mirarlos bien, y recuerde para quién han estado cuidando este lugar todo este tiempo.

La cuarta fachada del barrio casi no se dejaba ver. Un árbol la fue tapando durante años, despacio, sin apuro, hasta esconder casi todo. Cuando por fin separé las piezas del muro, entendí algo distinto: por primera vez en toda la serie, lo que parecía gárgola era una gárgola de verdad —traga la tormenta entera para que la piedra no se raje—, y lo que parecía quimera también lo era —no traga nada, solo se queda, mirando—. El tiempo les había gastado los bordes; lo que no quedó, tuve que soñarlo para poder reconstruirlas. El árbol no escondía piedra rota. Escondía piedra. Y ya.

El rostro que protege

Hay una pregunta que no me atreví a hacerme mientras filmaba estas caras, quizás por miedo a la respuesta: ¿para quién fue pensado, en realidad, ese gesto de espanto? Cuando camino por debajo de una de estas caras, suelo leer su gesto como una amenaza dirigida a mí. Es comprensible: el miedo es la lectura más fácil que tenemos a mano. Pero empecé a pensar que quizás ese gesto nunca estuvo pensado para el que camina con buenas intenciones. Tal vez, desde el principio, le hablaba a otra cosa: a lo que no se deja ver, a lo que ronda buscando una grieta, una puerta mal cerrada, un descuido. Esa cara no me gruñe a mí por crueldad; le gruñe a lo que la casa necesita mantener del otro lado de la puerta. Es como un guardia que aceptó parecer aquello que combate, porque a veces, para espantar algo malo, hay que tener su misma cara.

Esta idea no nació en estas fachadas, ni es solo mía. Muy lejos de aquí, las máscaras oni de Japón —con colmillos, cuernos, una rabia tallada con mucho detalle— no se usan para hacer daño, sino para despedir la mala suerte al terminar el año. Las figuras protectoras del budismo tibetano cargan esa misma furia en la cara, como si la compasión, frente a algo que amenaza con destruir, también aprendiera a mostrar los dientes. Y el Barong de Bali, ese león de mirada terrible, siempre pelea del lado bueno, aunque su cara diga lo contrario.

Así que empiezo a pensar que ninguna cara de piedra tuvo nunca una sola forma de leerse. La misma talla que un turista cansado interpreta como advertencia, la persona que construyó esa casa la pensó como protección. El miedo y el cuidado, resulta, pueden tener la misma cara; lo único que cambia es quién mira, y desde qué lado de la puerta se hace la pregunta.

Después de las primeras cuatro fachadas, volví a cruzar la Alameda y encontré un templo entero, con tres guardianes en la misma puerta. Lo que el reel no alcanzó a decir es que esas tres piezas sí tienen nombre y autor: el altorrelieve del frontón —"alegoría a las Bellas Artes"— es del escultor chileno Guillermo Córdova, sobre un tema propuesto por el arquitecto Émile Jéquier. La escultura ecuestre es "Unidos en la Gloria y en la Muerte", de la escultora Rebeca Matte —copia del monumento que Chile donó a Brasil en 1922 para el centenario de su independencia, donada a este museo en 1930 por Pedro Íñiguez, viudo de la artista, y reinstalada en su lugar actual en 1980, para el centenario del propio museo.

Estas caras del Barrio Dieciocho, y las de ese templo al otro lado de la Alameda, siguen ahí, esperando, tal vez desde hace cien años, a que alguien las mire bien, y se acuerde para quién han estado cuidando este lugar todo este tiempo.

II. Vestigios
Cinco vestigios. Cinco guardianes de piedra, hormigón y hojas, filmados donde los encontré.
Escaneo 3D — 360°
VESTIGIO I

Fauno

El primero de todos. Un torso que carga el peso de un balcón sobre los hombros, la cara a medio camino entre lo humano y lo que preferí no nombrar. De aquí nació la pregunta que persigue a los otros cuatro vestigios: ¿a quién estaban realmente destinados a asustar?

Leer la historia completa en Diario →
Escaneo 3D — 360°
VESTIGIO II

El rostro que no teme

No todos los guardianes eligen el espanto. En una fachada rosada encontré un rostro distinto a los demás: ni colmillos, ni cuernos, solo una calma que parece haberlo visto todo ya. Un sol tallado lo enmarca, y aun así no grita — apenas entrecierra los ojos, como quien deja pasar algo que ya no lo sorprende.

Un guardián no necesita siempre parecer una amenaza; a veces basta con no apartar la mirada, quedarse ahí, sereno, mientras todo cambia alrededor.

Escaneo 3D — 360°
VESTIGIO III

El que volvió

No sé si reza por mí, o por algo que ya no está.

En esta fachada del Barrio Dieciocho no hay muecas, no hay dientes, no hay nada que se parezca al espanto. Sobre la puerta de entrada, una figura con mitra reza con las manos apretadas, delante de un vitral circular. No es cualquier figura: es el que volvió. Su mirada está perdida en algo que no está en esta calle —tal vez en el mismo lugar del que regresó.

Más arriba, en la punta de la torre, un ángel de piedra guarda el lugar con las alas abiertas y los brazos cruzados sobre el pecho —no amenaza, solo se queda ahí, sereno, como el segundo guardián que encontré.

Son guardianes de otra clase: no amenazan a lo que ronda, lo mantienen a raya en silencio. Cuesta más creer en un guardián que no impone miedo.

No llevan colmillos ni cuernos, pero tal vez también están disfrazados: de calma, de algo que no impone nada — el disfraz más difícil de reconocer.

Ahora no sé a qué le reza quien ya regresó una vez.

Escaneo 3D — 360°
Escaneo 3D — 360°
Escaneo 3D — 360°
VESTIGIO IV

Lo que el árbol escondía

Tres piezas, separadas de la fachada que las escondía. Una traga la tormenta entera. La otra no traga nada — solo mira. La tercera ni siquiera es piedra: es lo que la piedra dejó crecer encima, despacio, sin apuro, hasta taparlo todo.

Si esto fuera una carta, sería la del jinete que nunca galopa — el que llega tarde a todo, menos a lo importante. La historia completa todavía se está contando — pronto, acá y en Instagram.

Puerta antigua semi abierta con aldaba de bronce
VESTIGIO V

Un templo entero

Crucé la Alameda hasta otro tipo de templo. Sobre la puerta, una cabeza de Minerva sostiene el peso del arco entero, sin quejarse. Más arriba, otra no sostiene nada —solo hace una cara que no es la suya—. Entre las dos, un Pegaso sujeta a alguien que tampoco debería poder volar.

Con tanto que ver, tres guardianes se pierden fácil. Quizás nunca fue cuestión de cuántas personas pasen por debajo — quizás es quién mira, y desde qué lado del umbral se hace la pregunta.

Leer la historia completa en Diario →
VII. Sobre mí
Primer plano del ojo de un perro, en blanco y negro, con un dron en pleno vuelo reflejado en la pupila
GALX

galx.cl funciona como un archivo vivo y una bitácora de curiosidades. Acá junto las ideas que voy acumulando con el tiempo, pruebo tecnología nueva sin parar, y comparto lo que voy aprendiendo en el camino.

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