Camino por calle Dieciocho al caer la tarde y, sin querer, levanto la vista. Entre balcones antiguos y bordes ennegrecidos por el humo de tantos años, algo me sostiene la mirada: rostros de piedra a medio camino entre lo humano y lo que prefiero no nombrar, cuernos y alas que llevan más de un siglo sin moverse de sitio, bocas abiertas que nunca han vuelto a cerrarse del todo.
Durante mucho tiempo yo también les decía gárgolas. Es la palabra que tenemos más a mano, la que aprendimos de tantas catedrales lejanas y películas de sobremesa. Pero investigando un poco entendí que la gárgola de verdad tiene un trabajo específico: sacar el agua de lluvia lejos del muro, como un caño con forma de monstruo. Estas figuras nunca hicieron ese trabajo. La mayoría son solo rostros tallados, sin cuerpo, puestos sobre una puerta o bajo un balcón —se les llama mascarones—. Y en algunas esquinas del barrio hay algo más: figuras completas, con torso y brazos, que parecen sostener el peso de la fachada sobre sus hombros. A esas se les llama atlantes, por Atlas, el que cargaba el mundo. El nombre exacto se me había olvidado; lo que no se me olvida es la sensación de que están ahí por una razón.
Son herencia de una época —entre 1850 y 1920— cuando las familias más ricas de Santiago, con plata de la minería y el salitre, quisieron construirse un pedazo de Europa en pleno centro de la capital. Junto con los planos importados llegó también una costumbre antigua: la idea de que estos rostros tallados en piedra cuidaban las puertas, manteniendo alejado todo lo que uno no alcanza a ver.
Y ahí empecé a hacerme una pregunta que todavía no termino de responder: ¿a quién estaban realmente destinados a asustar?
Hoy esa aristocracia ya no está. La crisis del 29 vació estas casas una a una, y los palacios pasaron a manos de universidades, oficinas, o quedaron en silencio. Pero estos rostros se quedaron ahí, esperando —según me cuentan los vecinos más antiguos— a que alguien vuelva a mirarlos bien, y recuerde para quién han estado cuidando este lugar todo este tiempo.
La cuarta fachada del barrio casi no se dejaba ver. Un árbol la fue tapando durante años, despacio, sin apuro, hasta esconder casi todo. Cuando por fin separé las piezas del muro, entendí algo distinto: por primera vez en toda la serie, lo que parecía gárgola era una gárgola de verdad —traga la tormenta entera para que la piedra no se raje—, y lo que parecía quimera también lo era —no traga nada, solo se queda, mirando—. El tiempo les había gastado los bordes; lo que no quedó, tuve que soñarlo para poder reconstruirlas. El árbol no escondía piedra rota. Escondía piedra. Y ya.
El rostro que protege
Hay una pregunta que no me atreví a hacerme mientras filmaba estas caras, quizás por miedo a la respuesta: ¿para quién fue pensado, en realidad, ese gesto de espanto? Cuando camino por debajo de una de estas caras, suelo leer su gesto como una amenaza dirigida a mí. Es comprensible: el miedo es la lectura más fácil que tenemos a mano. Pero empecé a pensar que quizás ese gesto nunca estuvo pensado para el que camina con buenas intenciones. Tal vez, desde el principio, le hablaba a otra cosa: a lo que no se deja ver, a lo que ronda buscando una grieta, una puerta mal cerrada, un descuido. Esa cara no me gruñe a mí por crueldad; le gruñe a lo que la casa necesita mantener del otro lado de la puerta. Es como un guardia que aceptó parecer aquello que combate, porque a veces, para espantar algo malo, hay que tener su misma cara.
Esta idea no nació en estas fachadas, ni es solo mía. Muy lejos de aquí, las máscaras oni de Japón —con colmillos, cuernos, una rabia tallada con mucho detalle— no se usan para hacer daño, sino para despedir la mala suerte al terminar el año. Las figuras protectoras del budismo tibetano cargan esa misma furia en la cara, como si la compasión, frente a algo que amenaza con destruir, también aprendiera a mostrar los dientes. Y el Barong de Bali, ese león de mirada terrible, siempre pelea del lado bueno, aunque su cara diga lo contrario.
Así que empiezo a pensar que ninguna cara de piedra tuvo nunca una sola forma de leerse. La misma talla que un turista cansado interpreta como advertencia, la persona que construyó esa casa la pensó como protección. El miedo y el cuidado, resulta, pueden tener la misma cara; lo único que cambia es quién mira, y desde qué lado de la puerta se hace la pregunta.
Después de las primeras cuatro fachadas, volví a cruzar la Alameda y encontré un templo entero, con tres guardianes en la misma puerta. Lo que el reel no alcanzó a decir es que esas tres piezas sí tienen nombre y autor: el altorrelieve del frontón —"alegoría a las Bellas Artes"— es del escultor chileno Guillermo Córdova, sobre un tema propuesto por el arquitecto Émile Jéquier. La escultura ecuestre es "Unidos en la Gloria y en la Muerte", de la escultora Rebeca Matte —copia del monumento que Chile donó a Brasil en 1922 para el centenario de su independencia, donada a este museo en 1930 por Pedro Íñiguez, viudo de la artista, y reinstalada en su lugar actual en 1980, para el centenario del propio museo.
Estas caras del Barrio Dieciocho, y las de ese templo al otro lado de la Alameda, siguen ahí, esperando, tal vez desde hace cien años, a que alguien las mire bien, y se acuerde para quién han estado cuidando este lugar todo este tiempo.